Jesús contó al pueblo esta historia: “Un hombre plantó una viña, la arrendó a labradores, y se ausentó por mucho tiempo.
Llegada la cosecha, envió hasta tres siervos a los labradores, para que le diesen del fruto de la viña; pero los labradores les golpearon, y les enviaron con las manos vacías.
Entonces, el señor de la viña envió a su hijo amado, pensando que a él sí le respetarían. Mas los labradores, al verle, le mataron para quedarse con la heredad”.
Esto es, exactamente, lo que pasó con la humanidad. La viña es el mundo, los labradores son sus habitantes, y los siervos son los profetas que Dios envió para recoger el fruto de hombres y mujeres que se arrepienten para volver a Él.
Los siervos que el Creador envió fueron menospreciados y desechados. Finalmente, Dios envió a su propio Hijo por amor a la humanidad, y le escupieron, golpearon y mataron.
Jesús terminó diciendo: “La piedra que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos” (Mateo 21:42).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Finalmente, el dueño envió a su propio hijo porque pensó: “Sin duda, respetarán a mi hijo”.
Sin embargo, cuando los agricultores vieron que venía el hijo, se dijeron unos a otros: “Aquí viene el heredero de esta propiedad. Vamos, matémoslo y nos quedaremos con la propiedad”. Entonces lo agarraron, lo arrastraron fuera del viñedo y lo asesinaron”.
— Mateo 21:37-39
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