Algunos en medio de la multitud querían arrestar a Jesús, pero nadie le puso las manos encima.
Los alguaciles vinieron ante las autoridades religiosas; y estos les dijeron: ¿Se puede saber por qué no lo han traído?
Los guardias respondieron: “Nunca nadie ha hablado como este hombre”.
Este es el testimonio más contundente de la autoridad de Jesús. Se trata de los efectivos que tenían a su cargo el orden y custodia en las inmediaciones del templo de Jerusalén.
Habían sido instruidos por generaciones para ser celosos guardianes de la tradición milenaria. Portaban garrotes o bastones que infundían temor en la población.
Mas ahora se enfrentaban a algo que no comprendían, y les producía un extraño respeto.
La personalidad de Jesús los paralizaba, su mirada los intimidaba, su amor los confrontaba de una manera inexplicable. Sencillamente, no podían tomarlo como prisionero.
¿Qué tipo de poder era este? “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dice el Señor Todopoderoso” (Zacarías 4:6).
“Nunca nadie ha hablado como este hombre”. Es el testimonio de los guardias del templo. Jamás habían conocido a alguien como Jesús.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Los guardias del Templo volvieron a los jefes de los sacerdotes y a los fariseos, quienes los interrogaron: “¿Se puede saber por qué no lo han traído?”
“¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre!”, declararon los guardias”.
— Juan 7:45-46
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