Jesús se encontraba frente a Poncio Pilato, el gobernador romano. Era costumbre cada año poner en libertad a un preso que la gente quisiera.
Ese año, había un preso de mala fama, llamado Barrabás. Fue puesto junto a Jesús, delante del gentío, y el gobernador preguntó: “¿A cuál de estos dos quieren que les deje en libertad?”
“A barrabás”, contestó la multitud a gritos. “Entonces, ¿Qué hago con Jesús, llamado el Mesías?”, preguntó Pilato. “Crucifícalo”, le gritaron todos.
Nuestro Señor fue muy querido cuando sanaba a los enfermos; pero ahora lo estaban desechando.
La multitud decidió libertar a Barrabás porque aportaba el circo de entretenimiento que necesitaban, y encarnaba la rebeldía que sentían hacia las autoridades.
En cambio, libertar a Jesús hubiera significado una molestia permanente: Tener un predicador constante que los enrostrase con su mala manera de vivir, y con la hipocresía religiosa.
La gente prefirió el entretenimiento de Barrabás, en lugar de la salvación total que les ofrecía el Señor.
La Escritura dice: “Ay de los que llaman a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo” (Isaías 5:20).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás. Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!”
— Mateo 27:21-22
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