En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”.
Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en Él.
Jesús estaba en una celebración costumbrista de su tiempo. La gente había hecho un alto en sus jornadas para olvidar la opresión del Imperio romano, y anhelaba disfrutar, por lo menos, de una alegría pasajera.
El Salvador tuvo compasión de ellos y se ofreció a sí mismo para calmar su sed espiritual.
Tener sed espiritual implica estar insatisfecho con la vida. No se refiere a la ausencia de logros personales; sino a una terrible sensación de falta de propósito y trascendencia en este mundo.
Para todo aquel que tiene este tipo de sed, Jesús es su gran respuesta. Él no ofrece solo una satisfacción pasajera, sino ríos interminables de agua viva en el corazón. Esto sucede cuando el hombre experimenta una sólida comunión con su Creador.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”.
— Juan 7:37-38
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