Caminaba Jesús con sus discípulos y les preguntó: “¿Quién dicen los hombres que soy yo?”. Ellos le dieron algunas respuestas, pero todas equivocadas.
Finalmente, les preguntó: “¿Y quién dicen ustedes que soy yo?”. Respondiendo Pedro, dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
Entonces, le respondió Jesús: “Bienaventurado eres, Pedro, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
Aquí notamos la diferencia entre analizar a Jesús con la mente y recibir la revelación de su gloria por parte de Dios.
En el primer caso, el hombre trata de conocer y comprender al Salvador con una mente finita y limitada, como la que poseemos.
Mientras que, en el segundo caso, es Dios quien se revela al hombre y le da a conocer la majestuosidad y gloria de Jesucristo.
La Escritura lo expresa mucho mejor cuando dice: “Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer su rostro sobre nosotros; para que sea conocido en la tierra su camino, y en todas las naciones su salvación” (Salmos 67:1-2).
Puedes pasarte toda una vida tratando de comprender al Señor; o puedes acercarte en humildad a Él y pedirle que se manifieste en toda su gloria y esplendor.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
— Mateo 16:13-17
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