Luego que arrestaron a Jesús, le llevaron ante el sumo sacerdote. Allí se reunieron los principales líderes religiosos para buscar de qué manera acusarle y entregarle a la muerte.
Desfilaron una serie de testigos falsos, pero no concordaban sus testimonios.
Entonces, el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús: “¿No respondes nada?”. Mas Él callaba y nada respondía.
Era el mejor momento para que se defendiera. Si fuéramos nosotros, de seguro, hubiéramos aprovechado esa oportunidad para demostrar nuestra inocencia.
Pero, el Salvador usó su silencio para dar paso a la voluntad y justo juicio de Dios.
Él era el autor y consumador de la fe, el cual, por el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios (Hebreos 12:2).
Aprendamos de su mansedumbre y humildad. Él dejó de lado su propia defensa, para dar lugar a la Justicia Divina. Los resultados fueron inconmensurables: Fue coronado de gloria y majestad, y abrió las puertas del cielo para que todos tengamos la oportunidad de ingresar.
Cuando sufras una injusticia, remite el agravio a Dios y aprende a esperar. El Juez soberano resolverá la causa con sabiduría y equidad. En verdad, te sorprenderás.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Entonces el sumo sacerdote, levantándose en medio, preguntó a Jesús, diciendo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican estos contra ti? Mas él callaba, y nada respondía”.
— Marcos 14:60-61
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