Cuando Jesús y sus discípulos llegaron a la ciudad de Naín, vieron que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: “No llores”.
Esta mujer había perdido a su único hijo. Ya era viuda, por tanto, venían sobre ella terribles años de soledad.
En la cultura del Medio Oriente, una mujer viuda y sin hijos que la sustenten, tenía que ir a los campos ya cosechados para buscar entre lo que no fue recogido, su alimento diario.
El dolor de esta mujer, fue lo que movió la compasión del Salvador.
Entonces, Jesús se acercó al féretro y lo tocó; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “Joven, a ti te digo, levántate”.
El que había muerto se incorporó, y comenzó a hablar. Y lo entregó a su madre.
Dios puede cambiar la historia de tu vida. Él sigue diciendo: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre”.
— Lucas 7:13-15
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