Hay dos momentos en la vida de Jesús donde Dios interviene expresando su opinión con voz potente.
El primer evento sucede durante el bautismo de Jesús. Allí el Salvador expresa su obediencia a Dios, y mediante su inmersión y emersión de las aguas, grafica su futura muerte y resurrección.
El segundo momento acontece durante la transfiguración. Allí Jesús es cubierto por la gloria de Dios. Su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. En esa oportunidad, Jesús afirmó una vez más su decisión de ir a morir en la cruz por todos nosotros.
Ambos eventos son gloriosos, no solo porque se manifiesta el poder de Dios, sino porque sale a relucir la humildad, obediencia y sacrificio de nuestro Salvador.
Sigamos su ejemplo y recordemos con admiración la poderosa voz de Dios diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; escúchenlo a Él”.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd”.
— Mateo 17:5
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