Cuando Jesús salía del templo, uno de sus discípulos le indicó: “Maestro, mira estos magníficos edificios. Observa las impresionantes piedras en los muros”.
Jesús respondió: “Sí, mira estos grandes edificios, pero serán demolidos por completo. No quedará ni una sola piedra sobre otra”.
La ciudad de Jerusalén era muy admirada por sus construcciones imponentes.
Hay una extraña relación entre el orgullo de una ciudad y sus inmensas edificaciones. Pareciera que el hombre quisiera compensar su pequeñez mostrando una falsa grandeza a través de palacios y fortalezas prominentes.
La dureza de corazón de Jerusalén se escondía tras sus fastuosas edificaciones. Su orgullo y obstinación quedaron manifestados cuando mataron a Jesús.
40 años después, la profecía del Salvador se cumplió. El poderoso ejército romano irrumpió en la ciudad y destruyó todo. No quedó ni una sola piedra sobre otra.
Las imponentes edificaciones son efímeras, así como el orgullo y los sueños de sus pobladores.
“Mis días son como sombra que se va, y me he secado como la hierba. Mas tú, Jehová, permanecerás para siempre, y tu memoria de generación en generación” (Salmos 102:11-12).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Cuando Jesús salía del templo ese día, uno de sus discípulos le dijo: “Maestro, mira estos magníficos edificios. Observa las impresionantes piedras en los muros”.
Jesús respondió: “Sí, mira estos grandes edificios, pero serán demolidos por completo. No quedará ni una sola piedra sobre otra”.
— Marcos 13:1-2
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