Caminaba Jesús por Samaria, y cansado del camino, se sentó junto a un pozo.
Fue entonces que vino una mujer para sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”.
La mujer se sorprendió mucho porque judíos y samaritanos no se trataban entre sí. Pero el Salvador había venido a este mundo a abolir en su carne las enemistades.
“Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Efesios 2:14).
Comenzaron a dialogar, y la mujer samaritana se dio cuenta que estaba hablando con el Cristo esperado. Dejó su cántaro, y fue a la ciudad a anunciar que había hallado al Salvador.
Entonces, vinieron los samaritanos a Él y le rogaron que se quedase con ellos. Y creyeron muchos por la palabra de Jesús, reconociéndole como el Salvador del mundo, el Cristo.
Todo empezó porque Jesús cruzó la barrera del prejuicio y la enemistad. En verdad, “Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber”.
— Juan 4:6-7
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