Había en Jerusalén un estanque, llamado Betesda, y una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos esperaban el movimiento del agua.
Según su creencia, un ángel descendía de tiempo en tiempo y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque quedaba sano de cualquier enfermedad.
Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, le dijo: “¿Quieres ser sano?”
“Señor”, le respondió el enfermo, “No tengo quién me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entretanto que voy, otro desciende antes que yo”.
Este es el ejemplo típico de un hombre que espera solucionar sus problemas solo, y cuando recibe la ayuda de Dios, quiere enseñarle al mismo Creador bajo qué método tiene que ser ayudado.
Para este hombre la solución era tirarse al estanque. Para Jesús, solo bastaba Su Palabra.
Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”. Al instante, aquel hombre fue sanado, tomó su lecho y anduvo.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho, y anda”. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo aquel día”.
— Juan 5:8-9
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