Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y alguien le dijo: “Señor, ¿Son pocos los que se salvan?” Y Él respondió: “Esfuércense a entrar por la puerta angosta; porque les digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”.
Jesús iba camino a morir en Jerusalén, y ya estaba claro quiénes le seguían por sus milagros y quiénes le seguían para entrar al Reino de Dios.
Por eso les hablaba de la puerta angosta. Se estaba refiriendo a sí mismo, pues, también les decía: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10:9).
Preciosa promesa de salvación, provisión y paz. Pero, parece que hoy en día el mundo prefiere más la adrenalina de la puerta ancha, la puerta de la auto-satisfacción, la inmediatez y el desvarío.
Un día la puerta angosta de Jesús se cerrará, y la gente, estando fuera llamará a la puerta, y Él les dirá: “No sé quiénes son ustedes”. Allí será el llanto y el crujir de dientes (Lucas 13:27-28).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”.
— Lucas 13:23-24
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