Jesús era una persona muy sociable. Disfrutaba del colorido de las fiestas costumbristas de su nación. Por eso, mucha gente lo quería. Lo sentían como parte de ellos. Y esto ocasionaba celos en los religiosos de su tiempo.
Por otro lado, el Señor sabía que le quedaba poco tiempo. Esa misma ciudad que ahora lo aclamaba, gritaría más adelante: ¡Crucifíquenle!
Él estaba en la fiesta de la dedicación, cuando, de pronto, una turba le rodeó para discutir temas de índole religioso.
Jesús no estaba interesado en ganar discusiones. Les amaba entrañablemente y buscaba hacerles parte del Reino de Dios.
Sencillamente, se limitó a responderles: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”.
Jesús se identifica como el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. ¿Cómo saber si soy yo una oveja del Señor?
Sus ovejas oyen su voz, inmediatamente le reconocen y le siguen. Es algo que no tiene explicación. Perciben el llamado de Dios y saben, en el acto, que con Él no perecerán jamás, ni nadie les arrebatará de su mano.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”.
— Juan 10:27-28
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