Cuando Jesús llegó a Jerusalén, entró en el templo, y después de mirar todo, salió porque ya era tarde.
Pero al día siguiente, regresó y comenzó a echar a los que compraban y vendían animales para los sacrificios, diciendo: “Mi templo será llamado casa de oración, pero ustedes lo han convertido en una cueva de ladrones”.
Noten que Jesús ingresa al templo un día antes, observa y no dice nada; solo se retira. Podríamos haber pensado que estaba de acuerdo con todo.
Sin embargo, al día siguiente expulsa a los mercaderes y pone orden en la casa de Dios.
A veces, el Señor se toma un tiempo para observar nuestra vida. Su silencio no aprueba lo que hacemos; solo nos está dando la oportunidad de darnos cuenta que ya no tenemos su respaldo. Lo suele hacer con personas y también con instituciones.
Los tiempos de silencio de Jesús son las alarmas inaudibles que nos llaman a revisar, reencauzar y aun renunciar a determinadas prácticas o decisiones que nos alejan de su voluntad perfecta.
“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Así Jesús llegó a Jerusalén y entró en el templo. Después de mirar todo detenidamente a su alrededor, salió porque ya era tarde. Después regresó a Betania con los doce discípulos”.
— Marcos 11:11
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