Algunas personas tienen un rechazo natural hacia Jesús. Lo imaginan persiguiéndolos con una mirada inquisidora, para averiguar qué es lo que están haciendo y reprobarlos en sus hechos.
Lo cierto es que Jesús jamás estuvo del lado de los que juzgaban a los demás. Más bien, recorrió aldeas y ciudades extendiendo su mano de misericordia al que había caído.
“Porque no envió Dios a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él”.
Esta es la razón por la cual Jesús caminó entre nosotros. No vino para criticarnos, ni para desecharnos; sino para enseñarnos un camino mejor.
Todo seguidor del Maestro debe tener muy en cuenta esto. Nosotros no estamos sobre un pedestal para evaluar a los demás. Somos tan pecadores como ellos; la única diferencia es que hemos reconocido nuestros errores y pedido perdón.
Por un milagro divino podemos reflejar el amor del Altísimo, mas no su perfección. No seamos ilusos: Compartamos solo lo que hemos recibido, no lo que pretendemos tener.
Quienes hemos estado “del otro lado de la acera”, sabemos la gran paciencia que tuvo Dios con nosotros. No caigamos en la simplicidad de condenar y retirarnos; busquemos involucrarnos con las personas, amarles entrañablemente y procurar su salvación.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él”.
— Juan 3:17
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