¿En algún momento de tu vida has experimentado una tristeza profunda y llegaste a sentir que Dios se olvidó de ti?
En una ocasión, Jesús entró a una ciudad y se topó con un cortejo fúnebre. Adelante iba la madre viuda y en el ataúd su único hijo. Una gran multitud la acompañaba.
¿Dónde estaba Dios, que permitió todo esto? ¿Qué palabras de consuelo alcanzan para vendar heridas tan profundas?
El Señor se llenó de compasión y le dijo a la mujer: “No llores”. Luego se acercó al ataúd y lo tocó, exclamando: “Joven, a ti te digo, levántate”. Entonces el joven muerto se incorporó y comenzó a hablar. Allí Jesús lo regresó a su madre.
¡Qué final tan sorprendente! Y parecía que Dios se había olvidado de esta mujer.
A veces, el Altísimo nos acompaña de lejos en una etapa de sufrimiento. Su objetivo es que seamos refinados en horno de aflicción, alcancemos un peldaño más de madurez y confirmemos nuestra fe.
Entonces, estaremos listos para valorar lo que verdaderamente es importante.
Una vez que dejamos de lado todo lo superficial, encontraremos al final del camino a Jesús, siempre llegando en el momento exacto.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Luego se acercó al ataúd y lo tocó y los que cargaban el ataúd se detuvieron. “Joven”, dijo Jesús, “Te digo, levántate”. ¡Entonces el joven muerto se incorporó y comenzó a hablar! Y Jesús lo regresó a su madre”.
— Lucas 7:14-15
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