Ingresó Jesús a Jerusalén junto con sus discípulos. Y halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados.
Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas.
Y les decía: “¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Mas ustedes la han convertido en cueva de ladrones”.
Efectivamente, el primer templo de Jerusalén fue construido por el rey Salomón. Luego de su dedicación, Dios habló al rey y le dijo: “He elegido para mí este lugar por casa de sacrificio. Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar” (2 Crónicas 7:12, 15).
Mas con el tiempo, los judíos pusieron un fuerte énfasis en los sacrificios, dejando de lado la oración. Era más cómodo que solo el sacerdote suplicara el perdón de Dios para ellos. Así abandonaron su comunión íntima con el Señor y se llenaron de actividades religiosas.
Olvidaron que Dios les había dicho: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Crónicas 7:14).
Volvamos con humildad a los inicios: La iglesia no es una casa de actividades; es la casa de oración.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“También les enseñaba con estas palabras: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos? Pero ustedes la han convertido en “cueva de ladrones”.
— Marcos 11:17
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