En aquellos días, Jesús fue al monte a orar, y pasó toda la noche en la presencia de Dios.
Cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles.
Para Jesús era vital estar siempre en la presencia de Dios. A través de la oración recibía dirección y consuelo en los momentos determinantes.
Esa noche de clamor había sido muy especial. Le tocaba escoger a quienes serían sus más cercanos, los encargados de llevar adelante el ministerio de la reconciliación con Dios.
Pero no fue el único grupo por el cual oró. También rogó por aquellos que vendrían después, y eso nos incluye a nosotros.
Él dijo: “Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”.
Tenemos el ejemplo de vida de Jesús, contamos con su respaldo en oración desde que estuvo en la tierra hasta hoy, que intercede por nosotros a la diestra del Altísimo.
Su orden es muy clara: Mantener la unidad de Su Iglesia en amor, avanzar juntos en armonía, y ver el obrar maravilloso de Dios salvando vidas.

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”.
— Juan 17:20-21
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