El primer día de la semana resucitó Jesús, y sus discípulos ya habían recibido las primeras noticias de lo acontecido.
Cuando llegó la noche, estando todos reunidos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró el Salvador, y poniéndose en medio de ellos, los saludó, diciendo: “La paz sea con ustedes”.
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Al ver a Jesús, los discípulos se alegraron. Entonces el Señor les dijo otra vez: “La paz sea con ustedes”.
Noten la relación estrecha entre la paz de Dios y lo que había sucedido en las manos y el costado de Jesús.
La muerte y resurrección del Señor había traído como consecuencia la paz con Dios, en sus dos sentidos: La reconciliación con Dios y la paz interna que el mundo no puede dar.
A partir de entonces, toda persona que se acerca al Altísimo y recibe su perdón, obtiene además la paz sobrenatural de Dios, una paz increíble que no está sujeta a las circunstancias, una paz contundente que será como un ancla en medio de las peores tormentas.
Jesús afirmó: “La paz les dejo, mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como el mundo la da. No se angustien, ni tengan miedo” (Juan 14:27).

VERSÍCULO DEL DÍA:
“Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: “Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío”.
— Juan 20:20-21
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